andrew bird
¿Qué decir de un disco donde diez de las catorce canciones pueden calificarse, sin exageración, como extraordinarias? Y eso que en realidad el total son doce, porque no tomamos en consideración dos breves piezas instrumentales a modo de introducción y puente.
El impredecible compositor, cantante, violinista (y genio) de Chicago se descuelga con un disco tan precioso que parece un milagro, una sorpresa descomunal. Sobre todo para los que tomamos contacto por primera vez con Bird a partir de esta grabación y nos veremos obligados a emprender una búsqueda retrospectiva de todo el trabajo anterior del ya veterano músico. Las luces de esta misteriosa huevería deslumbran con tanta intensidad que, por difusos que puedan resultar en la discografía anterior y a esperar casi con ansiedas sus nuevas aventuras.
Con un pasado de revivalista swing y una rigurosa formación clásica, Bird se destapa finalmente como cantautor de dotes prodigiosas, alérgico a todo encorsetamiento: en primer lugar, el de la pose enfurruñada, trascendente y moralizadora que aherroja a tantos de sus colegas. La moral de Bird reside en su ambición de artista y, dados los resultados, habrá que concluir que es uno de los tipos más decentes que pululan por la música de principios de siglo.
Andrew Brid no se echa sobre los hombros la pesada carga de salvar el mundo y nuestras conciencias, así que ya presiento a más de una voz integrista que le acusará de frívolo y evasivo, y encima, preciosista. Porque sus canciones tienen además la abominable tara de ser y parecer enormemente felices, ya desde el tono siempre juguetón, ensoñado y variablemente críptico de sus textos. Si a ello añadimos una capacidad sobrenatural para parir melodías con capacidad de seducción instantánea (este individuo es de la raza de Paul McCartney, Elvis Costello, Stephin Merritt o Bart Davenport), habrá que reconocer que Bird es creatividad a borbotones, alada y plenamente disfrutable. ¡Qué contraste con algún cantautorcillo estreñido de ojos brillantes que nos han querido vender como genio emergente con facetas acústica y electrónica!
Además, el fulano se adorna con una voz poderosa, que prefiere refrenar y mantener lejos del exhibicionismo, pero en la que asoman registros próximos a la familia Buckley. Para mejor apreciar la frescura de ideas de un compositor y músico superdotado que jamás necesitará refugiarse a la sombra de un "superproductor" para sonar mejor o distinto, por favor escuchen el disco con atención, con muchísima atención y díganeme, en serio, cuántas veces hemos disfrutado en los últimos años de semejante profusión de detalles sublimes: hasta silba celestialmente. Para colmo, hasta el diseño gráfico del libreto es una hermosura total.
Alfonso García
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