
(Estados Unidos, 2008)
Tras dividir a crítica y público con aquella niña torturadora de "Hard Candy", el otrora director de clips musicales David Slade trata de remozar en su segunda incursión en el largometraje el subgénero vampiro tirando de cámaras digitales y ritmo de videojuego. Slade adapta el comic "30 days of night" de Ben Templesmith y Steve Niles, en el que unos chupasangres con el look (y las malas pulgas) de un Marilyn Manson resacoso deciden trasladarse al norte de Alaska, donde al parecer durante 30 días al año Lorenzo no asoma su brillante cara. Allí darán buena cuenta de la hemoglobina local con frenesí animal. Y es que lo del vampiro dandy y seductor parece estar francamente demodé, porque a estas criaturas de Templesmith y Niles no les mueven en absoluto el sexo, el romanticismo, ni cualquier otra consideración que no sea la carnicería pura y dura.
Como sucedía en el debut de Slade, cuando el tempo de la historia se acelera y llega el momento de una cierta trepidación visual, el uso de las tecnologías digitales que, no se niega, contribuye a crear atractivas atmósferas a lo largo de la cinta, acaba siendo su gran cruz: el mareo está servido. Sin embargo, el balance final que arroja "30 días de oscuridad" es el de un producto entretenido y vibrante, intenso y terrorífico, a pesar de los lugares comunes y los clichés propios del género. Así que vengan esas palomitas, esos refrescos, algo de biodramina, y a disfrutar de los tataranietos de Bela Lugosi.
Enrique Campos
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